Aún no se concluía el conteo total de daños por el terremoto del pasado 7 de septiembre en Chiapas y Oaxaca cuando una nueva tragedia sísmica sacudió al país. Fue otra vez un 19 de septiembre y nuevamente la Ciudad de México, junto a los estados de Morelos, Puebla y Guerrero, donde el desastre se hizo presente.

El sismo de 7.1 grados en la escala de Richter terminó por exponer las fragilidades de la principal ciudad de la república. Edificios, escuelas, viviendas y puentes colapsados fueron las imágenes que sacudieron a miles de testigos que de manera presencial o mediante las nuevas tecnologías de la comunicación observaron la tragedia. Hasta las ocho de la noche de este martes el conteo de víctimas sumaba a más de 140 personas en las entidades antes mencionadas.

La proximidad de ambos desastres telúricos de semejantes dimensiones, en menos de 15 días y en diferentes puntos del mismo país, pareciera una secuencia de hechos difíciles de creer. Acontecimientos de tan cercana proximidad que alimentan la psicosis y las teorías apocalípticas. Sin embargo, en la realidad, son un recordatorio doloroso de la fragilidad permanente de un país como México entretejido por peligrosas placas tectónicas.

La tragedia en el sureste y el centro del país pone a prueba la capacidad para enfrentar siniestros de semejantes dimensiones nacionales. Se han convertido en un reto para medir los mecanismos de atención y reacción en los tres niveles de gobierno, pero también en una ventana que expuso los niveles de corrupción en el manejo de los fondos o recursos públicos para la atención de ese tipo de desastres.

Sin embargo, la tragedia en la Ciudad de México ha agregado una nueva preocupación para entidades como Chiapas y Oaxaca donde el desastre aún es fresco. El temor de ser relegados u olvidados entre las prioridades mediáticas y gubernamentales pareciera un sentimiento que comienza a apoderarse de las zonas siniestradas. Esas donde la pobreza y la distancia complican aún más las circunstancias.

Tan sólo en la entidad chiapaneca se reportan hasta el momento un total de 80 mil 508 viviendas afectadas, 22 mil 340 con daños totales y 58 mil 168 de manera parcial. Los daños por el movimiento telúrico se extienden a mil 534 escuelas, de ellas 86 resienten daños totales, además de 411 templos o iglesias, 194 edificios públicos, 71 unidades médicas, 658 comercios, 282 tramos carreteros estatales. 100 carreteras federales, 92 carreteras alimentadoras, 67 puentes estatales y 4 puentes federales.

En Oaxaca las cosas no son tan distintas. En ese estado suman más de 51 mil viviendas con daños totales o parciales y casi dos millones de damnificados en ambas entidades. La reconstrucción aún ni siquiera comienza, muchos continúan en albergues y la ayuda sigue siendo insuficiente para familias que simplemente han perdido todo y difícilmente podrán recuperarlos a corto plazo.

Por eso, pese a la tragedia en la Ciudad de México, es importante no olvidarse de la tragedia en Chiapas y Oaxaca. Es necesario que la ayuda siga fluyendo a esos sitios donde el desastre aún se respira. Chiapas y Oaxaca aún requieren de la atención nacional para iniciar su reconstrucción y reactivación.  Será sin duda una tarea difícil para el país, pero requerirá de la unidad, organización y determinación que caracteriza tanto al pueblo mexicano para salir avante… así las cosas.

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