Margarita Zavala y  María de Jesús Patricio, mejor conocida como Marichuy, ambas recorrieron un camino para la candidatura a la presidencia de la república, en polos diferentes, pero con destinos similares: la exclusión de la mujer en la política. La ausencia de voces femeninas en el segundo debate presidencial de México fue un encuentro de múltiples ataques entre los tres candidatos, sin propuestas de políticas de género.

El tema de paridad de género en los partidos políticos de México parece que sólo se diseñó para puestos de menor jerarquía. El principio de paridad fue incorporado a nuestra Constitución en el año 2014. El artículo 41 Constitucional establece que los partidos políticos deberán postular paritariamente sus candidaturas para los Congresos federal y locales, la obligación del paso de las cuotas de género  es de 40 a 60 por ciento. 

Eso no significa que para los procesos de candidaturas a altos cargos, como la Presidencia de la República, el principio de paridad sea obligatorio; por eso Margarita Zavala, aún con un camino más liviano que de Marichuy,  no pudo aguantar una contienda donde el sistema patriarcal sólo se le deja ver por las “patadas de mulas” de los candidatos, todos hombres.

 Margarita Zavala, con todo y su discurso de libertad y de lucha por rescatar la ética, la dignidad y los valores de los mexicanos, no pudo pasar la línea del fuego porque por dos factores: su condición de mujer y su paso por la Presidencia de la República, como primera dama, que no dejó un trabajo significativo que alentara el voto femenino.

 Por otro lado, María de Jesús Patricio, conocida como Marichuy, ni siquiera tuvo la oportunidad de lo que gozó Margarita Zavala, ser candidata independiente a la presidencia. Durante cuatro meses visitó los más diversos rincones del país para escuchar a sesenta etnias que carecen de representación en la política mexicana,  para obtener las 866.593 mil firmas que el  gangrenado sistema electoral le exigía. Para eso, Marichuy debía lograr unir, en objetivos comunes, a las comunidades del padrón electoral de al menos diecisiete estados, pero fue un trabajo monstruoso e inalcanzable, también por dos factores esenciales: su condición de mujer y  ser indígena.

 Desde todas las aristas, las dos mujeres pagaron alto el costo de su osadía, Margarita Zavala, al revelarse al blanquiazul significó el fin de su carrera política. Pero la  factura más dolorosa la sufragó Marichuy por la muerte de Eloísa Vega Castro, de la red de apoyo a los pueblos indígenas, donde sólo ella y su equipo lo sufrieron porque el pueblo mexicano estaba hundido en la indiferencia.

 La oportunidad “histórica” de México de ser gobernado por una mujer se convirtió en una doble exclusión que representa ser india y mujer en un país patriarcal.

Maraña de Mujer/Idalia Díaz

 

 

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