Son mayoría en el Congreso del Estado, con 26 de 40 curules, pero su agenda no incluye –como prioridad- la defensa de los derechos de las mujeres; a pesar de que sus espacios, aunque lo ignoren, son resultado de la lucha feminista por la paridad de género que se gestó, incluso, en los tribunales.
 
En 2015, el Consejo General del Instituto de Elecciones y Participación Ciudadana (IEPC) dio un resbalón al permitir que los partidos políticos incumplieran con el registro de mujeres 50-50 en las candidaturas. Error que enmendaron a golpe de sentencia, para cumplir con la reforma electoral de 2014.
 
Antes de esta modificación legislativa con alcance  constitucional, en México solo había cuotas, porcentajes que los partidos políticos no atendían porque no era obligatorio; y después, burlaban con mañas, al hacer renunciar a sus candidatas para posicionar a hombres; hasta que se les requirió integrar fórmulas con propietarias y suplentes del mismo género.
 
Hubo pelea, esfuerzos para establecer el sistema paritario, que dio como resultado la incorporación de cada vez más diputadas en en los congresos del país. Y Chiapas no fue la excepción; aquí pasaron de 16 en la legislatura que asumió el poder en 2012, a 24 en la de 2015; hasta llegar a 26 en 2018.
 
Los números indican que en solo dos periodos dejaron de ser minoría en el órgano legislativo, y ahora ocupan 10 espacios más que hace siete años. 
 
Pero ahora, ¿qué sigue? Las diputadas deben, primero, hacer consciencia de que si están en un lugar privilegiado no es por generación espontánea, sino el fruto de otras ciudadanas, diputadas y senadoras, que alzaron la voz; del mismo modo que un día se reclamó el derecho al voto, exigieron paridad para lograr la igualdad. Pero no una igualdad simulada. 
 
Que hoy sean mayoría en el Congreso no significa que tengan una influencia real en la toma de decisiones, ni que abanderen causas en beneficio de las niñas, las adolescentes, las indígenas, las trabajadoras del hogar; y de la salud y la seguridad de las mujeres en general. 
 
Esto ocurre porque muchas de ellas llegaron a la boleta porque son hijas, cuñadas, amigas y esposas de personajes prominentes en la entidad; por eso no tienen claro que su principal compromiso no debería estar con los partidos políticos que las postularon, ni con sus padrinos o madrinas, sino con las mujeres y el momento histórico que estamos viviendo.
 
Lo ideal es que esos espacios sean ocupados por legisladoras con perspectiva de género, feministas, leales a las causas de las mujeres, dispuestas a alzar la voz para exigir el reconocimiento de los derechos de este sector que constituye más de la mitad de la población.
 
Pero no es así. La mayoría no pone sobre la mesa temas incómodos como la despenalización del aborto; no tocan ni siquiera problemas tan graves como los feminicidios o las muertes maternas que tanto aquejan a Chiapas.
 
Su posición es una simulación. En la práctica son como caballos de Troya, porque no ejercen el poder de manera real y autónoma. Así lo demuestra la presidenta de la Mesa Directiva, Elizabeth Bonilla Hidalgo, quien desde el inicio de la Legislatura se ha dedicado a elogiar al gobernador, y no a representar un verdadero contrapeso, una voz diferente, un liderazgo.
 
Otra muestra de que más mujeres no significa mayor influencia, es que las comisiones que les fueron encomendadas tienen un perfil tradicionalmente femenino; por ejemplo, las Comisiones de Educación y Cultura; de Postulación a la Medalla “Rosario Castellanos”; Atención a Grupos Vulnerables; de Editorial y Relaciones Públicas; Atención a la Mujer y la Niñez; Juventud y Deporte; y Reglamentación y Prácticas Reglamentarias.
 
Mientras que las comisiones más importantes, de las que depende el rumbo social y político del estado, las encabezan hombres. Entre éstas sobresalen la de Gobernación y Puntos Constitucionales; de Justicia; de Hacienda; y de Movilidad y Comunicaciones y Transportes.
 
Con este panorama, ¿el número es un logro? Sí, es un avance que haya más mujeres ocupando espacios de poder: en los ayuntamientos como presidentas municipales, regidoras y síndicas; como secretarias de gobierno y como diputadas. Es un avance que la política tenga rostro de mujer. Pero el trabajo no termina con un gabinete paritario ni con una mayoría en el Congreso.
 
Ahora que son mayoría, lo que queremos es que dejen de cuidar “el hueso” y suelten los rosarios, para que de verdad representen  a aquellas que no tienen los mismos privilegios ni la oportunidad de incidir en la toma de decisiones. 
 
Sí, también sabemos que el cambio no automático, que la consciencia de género también se construye, pero no es imposible.
Y para ello, el primer paso es que tengan muy clara la importancia de su papel en la historia de Chiapas y del país mismo.
 
Hoy que son mayoría, les preguntamos ¿de qué lado están?
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